XXVI

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La relación entre el objetivo, el obturador y la película. Las cosas se develan, juegan con la luz. La realidad pasa por un filtro que captura lo que no se ve al tiempo en que es capturado. La ironía de la fotografía en la que el fotógrafo ve el objeto fotografiado en todo momento, salvo en el instante en que da clic para que el mecanismo de la cámara capture la imagen. La fotografía como la única imagen que no ve el fotógrafo en tiempo real, y que será vista por el fotógrafo por primera vez cuando la foto sea revelada. Reposición del tiempo. Como por justicia poética, la imagen final se superpone a la realidad y repone el tiempo perdido; y como por una forma extraña de milagro lírico, queda eternizada en la manera en como hubiesen querido ser eternizadas las flores entre los libros.

XXV

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Anoche he tenido uno de mis sueños recurrentes. Abandono la casa llena de personas. Dejo atrás a todas ellas -algunos de los rostros me resultan familiares- y subo a un auto que se dirige a un sitio que no sé cuál es, pero nunca llego.

Despierto.

XXIV

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Uno es el destino de su propio destino.

XXIII

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En ocasiones trato de conciliar el sueño durante las horas de trabajo. Es en ese espacio entre las dos y las seis de la mañana, cuando no hay gente en los pasillos, en la sala o en el cuarto de computadoras. Pero nunca falta el individuo que toca el timbre a las cuatro, que me parece ser el mismo que va a tocar a las cuatro y diez, para luego tocar cada quince minutos a partir de ahí. Vuelvo al sillón, o a la cama, y trato de acostarme, pero el timbre me ha robado algo que no es el sueño, sino la comodidad, la satisfacción de acostarse. Pronto serán las siete, entonces el ritmo será otro. Los deberes mínimos se agruparán para formar un deber mayúsculo. El deber mayúsculo de un trabajo minúsculo. El día de San Valentín es como cualquier otro día aquí. La gente apenas conoce la ciudad, apenas se conocen entre ellos. Y en la obscuridad, cuando voy a hacer un rondín o voy al sanitario, alcanzo a escuchar pequeños murmullos traviesos, y por el rabo de ojo puedo ver parejas escondidas en los rincones o dentro de los baños. Finjo indiferencia y continúo en lo mío. Los amantes no son amantes por San Valentín, como no lo fueron por año nuevo ni otra festividad; lo son porque son amantes y porque no saben hacer otra cosa sino ser amantes. La canilla gotea y voy a cerrarla. Luego trato de regresar al sillón, el timbre, la puerta, las llaves, el sillón. Cada quince o veinte minutos. A las cinco tocan el timbre nuevamente. Es un joven. Le conozco. Es un huésped. Trae una rosa blanca. Lo dejo pasar y camina por recepción como apenado. Sube las escaleras y lo pierdo de vista. La sombra de él y la de una joven se reflejan por el vitral del segundo piso. Ella lo abraza. Desaparecen. El amor, como una rosa, es igualmente cursi y efímero. Al menos aquí así es. Ella parte a Dublín mañana. Él se queda en Buenos Aires una semana más. Lo que me sorprende no es otra cosa sino el tacto, la delicadeza para crear una ilusión, por más breve que sea. Un momento grato dentro del barullo de los viajantes. Me da gracia el gesto, pero debo admitir que lo comprendo. Durará más la rosa que esa lujuria vestida de amor. Pero la rosa le ganará al chico más que la conquista que tenga esta noche. Es ridículo pensarlo, incluso cursi. Pero las he visto irse. Hacer la maleta y sonreír. Luego me imagino que vuelan, que llegan a Dublín, o Ámsterdam, o Dallas, o Dondesea, y cuentan su experiencia a otros. Tener un romance, es una forma linda de decir que se esconden los deseos. Una más civilizada, al menos. Pero a la mente europea parece gustarle esto; el recato en lo lascivo. No peco de poco romántico, sino de honesto. No hablo del cortejo, sino del affaire y lo que lo circunda. Cuando dan las siete de la mañana; abro la puerta a la mucama, comienza a preparar los desayunos y yo doy el último rondín por los baños. No pude finalmente conciliar el sueño. Tendré que esperar a la tarde del sábado para poder dormir. Todos se han ido. La primera luz de la mañana los obliga a ocultarse. Al final del pasillo, en el baño más oculto, tirada al lado del cesto de basura está la rosa y un condón.

XXII

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“E se desejo às vezes
Por imaginar, ser cordeirinho
(Ou ser o rebanho todo
Para andar espalhado por toda a encosta
A ser muita cousa feliz ao mesmo tempo)”
Fernando Pessoa,  Eu nunca guardei rebanhos.

Pienso en este poema de Careiro, y nuevamente me llega un sonido como si fuese una conversación sostenida con un amigo hace mucho tiempo. También carezco de ambición o deseo. También es una manera de estar solo. De ser solo. Ser solo. Buscar solo. No busco otra cosa sino palabras; y busco a las palabras como una constante de destellos en una imagen que nunca fragua. Un espejo de agua que desaparece al asomarse a él. Tampoco guardé rebaños, pero sí tomé atajos. No tengo más gracia que la de señalar lo obvio: los matices de un color -la mirada atónita de un niño embobado-. No tengo otro ritmo que el que va marcando cada antecesor, siguiendo el alma del pastor. Y sólo así no soy solo. Yo tampoco guardé rebaños, pero es como si los guardara.

XXI

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A esta hora ya nadie se asoma por los balcones. La brisa llega cansada -son los últimos días del verano, supongo que el viento se ha fatigado de soplar-.
Hubo un tiempo donde se podía creer en el poder de Scherezade. Una historia por vez. Mil noches por vez. Una noche de por vida. Hoy los balcones están vacíos. Ya no se asoman las familias, ni los amantes, ni Scherezade. ¿Qué final tendría el cuento que había comenzado a narrar? Media noche por vez. Los balcones florecen de ramas marchitas. El calor se ha llevado todo: a Scherezade, a sus cuentos, a los amantes, a la brisa, a las familias, a las flores, a los balcones que ahora no son balcones porque no hay gente que los vea.
Arriba, el cielo marchita, la noche abraza mi cuerpo, y yo, observo todo esto mientras como de la más seca de todas las frutas.

 

XX

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La vida es un trámite burocrático. Un ir y venir entre ventanillas y gente incompetente que nos pide llenar formularios, fotocopiar documentos inútiles, pagar aranceles. Por esta razón, la literatura de Kafka es lo más parecido que existe a la vida. La vida se mueve entre la negación y la esperanza de terminar algo (¿la vida?). Hay un rumor que aún se siente a lo lejos. Otra vez he dicho demasiado.

XIX

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Aparto al mundo como aparto la ceniza de mi cenicero.
En la enumeración de mis fracasos encuentro la bitácora de mis días:
una silla vacía
un manchón en la pared
el cerrar de los maleteros de los taxis
un boleto de vuelo que ha vencido hace ya tiempo.
Y como en el cuento donde todo mundo ha muerto y uno se encuentra totalmente solo, de la misma manera alguien que no soy yo llama a la puerta.
¿Quién puede ser?
¿Quién llama a mi puerta que no es puerta de nadie, ni siquiera mía?
En el cenit de esta noche sin sorpresas,
tengo la conciencia que en otro mundo es un lindo día,
que en otros horizontes se alza el sol,
que en otros lugares presencian el más bello de los ocasos.
Pero yo aparto esos mundos de mí como aparto la ceniza de mi cenicero.

XVIII

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La gente tiende a comprender a la ciudad como si se tratase de un mapa. Hoy día para muchos son sinónimos. La urbe se reduce a una serie de cuadrados que delimitan zonas y marcan puntos de interés. Lo restante, todo aquello que no sobresale, está muerto. No existe. Una ciudad puesta en el mapa no difiere mucho del resto de las ciudades. Acaso en tamaño o en alguna curiosa formación geométrica. Imposiblemente se distinguen sus atributos tan sólo con ver su cartografía. Ambas cosas están disociadas. La Torre Eiffel, el  Országház, la Sagrada Familia. No importa lo que haya hecho el hombre de cualquier época para tratar de hacer sobresalir los valores e ideales que le fueron propios, porque para el imaginario actual no hay distinción de estos elementos más allá de antiguas curiosidades del paisaje moderno. Hay que conectarlos a un todo funcional. Hoy día, las ciudades son consideradas en función de lo que pueden ofrecer. Y lo que pueden ofrecer es funcionalidad. Funcionalidad que es dada a medias al no serlo para todos. Hay ciudades que incluso fueron diseñadas para que su gente, una vez que ha salido de casa, no pueda sentarse a tomar un descanso ni un solo momento. Ignoro si esto sea algo malo. Incluso si puede dársele un atributo de bondad. Lo cierto es que nunca antes, las ciudades estuvieron tan pobladas como hoy en día. El ritmo de crecimiento de algunas de ellas es tal, que simplemente no hubieran tenido lugar en el pensamiento de aquellos que concibieron la Revolución Industrial. No existen ciudades para vivir, sólo para ser habitadas. Cada vez que escuchamos de un parámetro de construcción actual, lo que oímos decir es: más alto, más grande, más ancho, más fuerte, más práctico. ¿Habrá un día en que podremos de nueva cuenta escuchar a alguien hablar de más bello? Sólo en una sociedad maliciosa no puede haber espacio para una pregunta inocente. El mismo tipo de sociedad que no deja espacio para todo aquello que le sea ajeno, que no le sea útil. En su libro, París y la aglomeración parisina, Chombart de Lauwe expone un ejemplo extraído de sus estudios sociológicos, con un mapa sobre el cual una estudiante de clase media alta trazó sus recorridos a lo largo de un año. Al final de ese año, lo que podía verse en el mapa era un triángulo groseramente delineado, que ubicaba tres puntos: su clase de piano, la escuela y su casa. Algunas otras líneas ocasionales mostraban otros puntos concurridos por la parisina, pero siempre se trataban de destinos inscriptos dentro del mismo radio. Cualquier otro punto de la ciudad que quedó excluido del perímetro recorrido por la chica, no podía encajar con las funciones que su clase social le pedía. El mismo ejemplo se repitió con otros individuos. En conclusión, los habitantes no conocen sus ciudades porque están fragmentadas de tal forma en que puedan desarrollar sus actividades. Es decir, el ciudadano medio no habita su ciudad, sino su barrio. Eso en París.  Pero la fórmula se repite también en nuestras ciudades. La fuerza de identidad que sufren los habitantes de los barrios –gracias al imaginario de otros barrios, de los habitantes de ese mismo barrio, en todo caso, de las fronteras administrativas que imponen los gobiernos –es tan acentuada como lo era antaño la identidad de un ciudadano. Cada vez nos es más familiar relacionarnos con términos como hacinamiento y alienación. Habitamos dentro de mapas. La diferencia es que un mapa, en todo caso, sirve para ubicarnos dentro del espacio, y nosotros conforme más crecemos, más nos perdemos y olvidamos para qué queríamos encontrarnos. La utilización de la arquitectura, en todas las épocas, suele tener además de su lado pragmático, un uso simbólico. A veces me gustaría saber qué quisimos simbolizar con nuestros duros cuadrados de concreto.

XVII

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A veces tengo tanto miedo al fracaso, que no puedo escribir nada.

XVI

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Quizá algún día, tras una larga caminata alguien se detenga a ver el atardecer. Y descubra en las hebras del sol el nuevo día que habrá por venir. Y lo pacifique en su interior y le calme los pulmones. Mirará al astro sol penetrar la tierra como si fuese un esperma fecundando. Y así entenderá que hay vida en la muerte… y muerte en vivir. Mirará el infinito en una puesta de sol, como quien entiende una pieza de teatro solamente por su escenografía. Y sentirá que ha comprendido todo lo que tiene que comprenderse.

Quizá.
Tal vez.
Tal vez otro.
No yo.

XV

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Mi pluma no es la mejor, pero es mía. Este enunciado sólo muestra la búsqueda de consuelo en aquellos que perdieron fe en su propia alma. Para continuar escribiendo hay que ser soberbio y no mencionarlo. Cuando el mundo te derrota por afuera, siempre puedes encontrar el dominio de lo que te existe por dentro. ¿Será esa la razón que durante la enfermedad es cuando mejor uno escribe? ¿Que la sensación de pérdida de lo que nos existe por dentro nos empuje a transcribir un último autocontrol? ¿Un último consuelo pre mortem? Esto no se me ocurrió a mí. No soy capaz de llegar a esas conclusiones. Si lo pienso detenidamente, tampoco creo que lo haya dicho mejor que aquél que lo enunció por vez primera. Mi pluma no es la mejor, pero al menos es mía.

XIV

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El libro tiene una gracia de deidad que no tiene ningún otro objeto. Tan simple e igual y perecedero es un libro a todos los libros como lo es un dios en relación a todos los dioses El libro es unidireccional, al igual que un dios igualmente sólo se le contesta con otro libro, con otro dios. Pero tanto libro como dios crean objetos y mundos e ideas y sueños.

¿Qué tendrá el libro de mayor gracia que un dios, que siendo creyente o no de Él te obliga a agachar la cabeza para leerlo?

 

XIII

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Hoy es una de esas ocasiones en las que mi trabajo duele tanto que decido pasar la tarde en este lugar. Como siempre, llego por la puerta trasera, camino por los pasillos e ingreso a la sala de partos. Y veo nacimientos, uno tras otro. Nacimientos y lo que ello implica. El rostro blando y humano de las madres cuando terminan su labor. Los ojos de los médicos asomándose por encima de los cubrebocas -no importa cuántas veces lo hayan presenciado, los médicos siempre se asombran al ver a un recién nacido a salvo-. Luego, lo primordial: el nacido. La parturienta casi siempre llorando de gozo, pidiendo dar una mirada y un abrazo a ese ser que llevó dentro por meses y que ya no es ni especulación ni miedo, sino certeza y vida. Después voy a la sala de incubadoras y miro esos pequeños camastros y a los niños todos juntos. Una vida nueva detrás de otra. Diminutos brazos moviéndose en esos cuerpos miniatura, preparándose para pequeños sueños. Suspiros y llanto. Una vida nueva tras otra. Así gasto mi tiempo libre, aun cuando no pertenezco a este lugar. Contemplar la aparición de la vida es mi forma de darle reposo al alma. De dignificar lo que hago y restar desasosiego a mi pálido ser. Hoy es una de esas ocasiones en las que mi trabajo duele tanto que decido pasar la tarde en este lugar. Sin tiempo ni lugar. Hoy día es más sencillo verlo, y no por eso más fácil de comprenderlo. Guardo en mi pecho el dolor del mundo, y en mi lengua todos los miedos. Hoy estoy lúcido y tengo ganas de decirlo. Quisiera dejarlo en papel y que un día tal vez alguien lo lea y haga con ello lo que quiera. Pido tan poco y tan poco especificado, y con todo, dudo que se cumpla. No sé si será así. Es entonces cuando decido venir a este sitio y mirar los partos para llenarme de contento al menos por un rato. Pero cuando me voy todo se vuelve evanescente y el dolor aflora de nuevo. Soy el cobrador que toca a tu puerta. Soy el burócrata primero. Soy la razón que hace finita tu existencia y que dignifica todo lo que haces. Mi trabajo no duele por burocrático, sino por doloroso. Así como lastima llevar malas nuevas, a mí me lastima ser la mala nueva. Soy el sonido de la ola que se repliega luego de haber tronado en la orilla. Soy el cobrador. La cara del ocaso. El olor a aceite en la frente de los ungidos.

 

XII

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Recorridos imprecisos. El atardecer se dilata y la noche parece nunca llegar. Cada uno de los transeúntes es presa de su propia euforia. La única calma existente la tiene el cielo. Cada nube se transporta vaporosa por encima de los pedantes citadinos. Recorridos imprecisos. El atardecer se dilata y parece interminable. Le daremos la razón a quien camine, empuje, insulte y pida perdón. La rabia viviente de los que no viven. Recorridos imprecisos. El agua se evaporó en los mares y dejó de ser. Las nubes se formaron con aquello que ya no es. Imprecisas. Gente imprecisa.

XI

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He tenido un sueño en el que me sentaba en el umbral de mi casa. Los nervios me hormigueaban los brazos y yo sudaba. En la calle no ocurría nada en absoluto. Los autos no transitaban. Los locales permanecían cerrados. Algún rostro que no alcancé a distinguir por completo se asomó por una ventana. Pero este rostro también era inmutable, como el ambiente que lo circundaba. Frente a mí, un camino de asfalto hervía y me invitaba a caminarlo. Caminé lo que pudo haber sido un sueño largo o la sucesión de muchos sueños cortos durante esa misma noche. Paisajes que mi memoria rescató de recuerdos y recortes de revistas. Algunos otros sitios que sólo habitan en sueños y no pueden ser nombrados. Siempre por el asfalto vaporoso bajo las suelas que me parecieron estar hechas de caucho. Hacia el final de la caminata distinguí una construcción blanca de fustes de madera. Había llegado de nuevo al umbral de mi casa. La calle era la misma. Todo seguía inmutable. El camino aún llamaba. Mi cuerpo seguía bañado en sudor. El rostro se había ido.

X

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Todo lo bello, para que realmente lo sea, debe de ser impersonal. Una abstracción sin relación con sus pares. Todo lo que nos es cercano termina tarde o temprano pareciéndonos grotesco. No por la cercanía en sí sino por la exposición de nosotros mismos que nos impone al mostrársenos. La familiaridad en este sentido no es belleza sino vanidad. Solo en la distinción podemos ver las verdaderas cualidades estéticas. Cuando reconocemos aquello que es diferente se produce un extrañamiento de la cotidianidad, y sólo entonces los rasgos que son cercanos a nosotros lograrán un grado de intimidad tan profundo como lo sería encontrarse a un paisano en un país donde todos hablan una lengua que no comprendemos. Cuanto más distinto sea lo otro, más colorida será la paleta de emociones al sorprenderlo no tan distinto.

IX

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“La gente se lamenta de las cosas malas que le pasa y que no merece pero raramente menciona las cosas buenas. Lo que ha hecho para merecerlas. Yo no recuerdo haber dado al Señor demasiados motivos para que me favoreciera. Pero lo hizo.”
No es país para viejos, Cormac McCarthy

Somos lo que somos. Aquél que es lo que es, lo sabe. ¿Para qué servimos? Para lo que somos. Poseemos mucha menos mística de lo que creemos poseer. La palabra metafísica nos crea una ilusión acerca de nuestros alcances, a la vez que paradójicamente acorta la visión de nuestras posibilidades. No por la palabra en sí, sino por su desgaste. Aun así, si estamos predestinados o no, y si hemos de ser -como buenos jornaleros- compensados al final de nuestro día o no; es tan desesperanzador en cualquiera de sus posibles respuestas. La angustia que nos prevalece es esta eterna vacilación entre la predestinación y el abandono, y en mitad de ese movimiento pendular: nosotros.

VIII

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El humo se cobija en el dolor de la noche. Me parece ver un desfile de bocas sin rostros. Cada una de estas bocas  se mueve contando historias. Pero yo no escucho estas historias, solamente observo cómo mueven los labios sin faz. Es mi culpa, no de ellos. Lo que dicen en verdad es interesante. Soy yo el aburrido. Soy yo quien se autocompadece en tiempos hermosos. La brisa sopla suave. Los días son cálidos. Todo vuelve a su cauce como los ríos lo hacen días después de haberse desbordado. La tranquilidad sabe a cansancio, y a mí la no-melancolía me trae un gusto a derrota. Este eterno lloriqueo por la nada y de la nada. Como un tango sin sentido, como mil soldados sin batallas. Los segundos que se suceden sin consternaciones. Demasiado tiempo conmigo mismo. Todo me sale bien y descubro que el héroe siempre es aburrido. En tiempos de paz añoro cualquier guerra.

VII

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En la poesía nada es relativo, todo es absoluto.

Sentado sobre una roca, alguien mira desde el llano una mancha de polvo que corre a sus pies. Abajo, en la campiña, un otro muere de espanto ante la caterva que se dirige hacia él. Uno y otro son relativos entre sí aun cuando no se observen, pero la imagen es absoluta; más allá de los dos hombres y la caterva y el llano y la pradera y la roca y todas las cosas que no caben en una descripción austera. Más allá del lenguaje también hay poesía y es absoluta. Lo único relativo en la poesía son los poetas, quienes tratan de abrazar lo absoluto y terminan muertos de espanto cuando las palabras corren hacia ellos. El lector, en cambio, gusta sentarse en una piedra llano arriba; sabe que los gritos del poeta siempre serán dignos de atención y morbo, y si sabe observar bien, el lector sabrá compartir el dolor antes de que se reduzca solamente a fino polvo absoluto.

VI

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“El hombre vive setenta años en esta tierra, dice el Libro. Puede desear un buen montón de cosas en ese tiempo y un montón de lo que pueda desear se le concederá si empieza lo bastante pronto. Yo he esperado demasiado tiempo para empezar”.
-El fuego y el hogar, William Faulkner

En la sucesión de las estaciones puedo reconocer la pereza de iniciar cualquier emprendimiento. No basta con comenzar las cosas sino con saber también cuándo darlas por terminadas. Lo contrario podría llamarse obsesión -por no terminar, por no haber aún comenzado-. Por otro lado, el carácter transitivo de las cosas naturales es imperfectible. Aún no termina el invierno cuando se siente el primer calor de la primavera. El hombre en cambio, tiende a la desarmonización de las cosas. No podemos aspirar al cambio sutil de nuestra vida porque ya nuestra vida está controlada por infinidad de cambios sutiles. En el orden de las cosas, cuándo comenzar debe estar precedido por un cuestionamiento más obvio: ¿comenzar qué? Así, lo difícil no es iniciar la construcción de la vida, sino determinar qué vida queremos construir.

V

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Por todos lados pareciera asomarse el tema del retorno. El regreso de los invictos y el de los vencidos. El regreso pendiente. El regreso concluido. El recuento de los muertos tras una batalla. El casquillo de una bala tras su detonación. Pareciera que el hombre muere un poco para los suyos con cada paso que se aleja de ellos; y mientras va muriendo, su vida nace de otra forma. Pero el regreso es para la partida lo mismo que la muerte es para el nacimiento, y todos ellos no son sino un punto de referencia que solamente funciona en contraposición al otro, por el origen del cual parten y al cual se dirigirán de nuevo. El drama de quien retorna cada día sin haber siquiera partido. Siento una gran simpatía por aquellos que se llenaron de cicatrices de despedidas y rencuentros sin haber abandonado el hogar. Quienes emprenden el verdadero viaje y son el compuesto de toda una generación de fieros e invictos jóvenes soldados confederados.

IV

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Esta noche las estrellas parecieran multiplicarse. Tengo la sensación de mis sentidos extendiéndose lejos de mi persona. Alejándose como se alejan los buques del puerto a la hora de zarpar -un estridente ruido de silbatos y luego un movimiento calmo y continuo hasta no ser más que un punto en el horizonte; un punto que igualmente desaparecerá-. Es el eco del silencio de la noche en estos primeros minutos de la madrugada. Un hálito de carencia de heroísmo y trascendencia. Solo, con el silencio sordo y la nada. Esta noche no haré nada. Igual que la noche de ayer. Igual que la noche antes de la noche de ayer.

A diferencia del héroe, no tengo más compromiso en esta noche salvo el de ser yo mismo -trágico, en verdad-. Lo mismo que mis noches de noches tras noches multiplicándose, como las estrellas de este cielo oscuro, vacuo y bello.

III

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“El estudio de lo bello es un duelo en el que el artista grita de espanto antes de ser vencido”
-Charles Baudelaire

Son demasiados los esfuerzos para no sentirse caído. Oprimido hasta el tuétano. Con el vacío en el estómago que no me permite incorporar el cuerpo…que no permite que respire. La ansiedad que tira por mi cuello y jala los nervios hasta dejarme con la boca abierta y entumecida. Hocico de perro. De perro babeante que se desvive por un hueso. Una mano. Una esquina donde poder tumbarse a descansar.

 

II

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“A causa de mi hermano soy temeroso de la muerte. A causa de mi hermano vago por lo desconocido”
-Extraído de la épica de Gilgamesh

Una pena no completar las frases inconclusas. Una pena para quien las enuncia, quiero decir. El enunciado siempre pertenecerá a quien lo complemente, por ser éste el dador del tono, del sentido. Así como las casas no son de quienes las construyen sino de quienes las habitan y pueden llamarles hogar. El estado de plenitud sólo se alcanza sabiendo ser dueño e ingeniero de nuestras propias palabras.

I

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La vida pesa como pesan las cosas que no conocemos.
De la misma forma.
Con el mismo sinsabor.
Escucho un murmullo acético.
Me llaman a los lejos.
Algo me llama.
Allá voy.