X

Todo lo bello, para que realmente lo sea, debe de ser impersonal. Una abstracción sin relación con sus pares. Todo lo que nos es cercano termina tarde o temprano pareciéndonos grotesco. No por la cercanía en sí sino por la exposición de nosotros mismos que nos impone al mostrársenos. La familiaridad en este sentido no es belleza sino vanidad. Solo en la distinción podemos ver las verdaderas cualidades estéticas. Cuando reconocemos aquello que es diferente se produce un extrañamiento de la cotidianidad, y sólo entonces los rasgos que son cercanos a nosotros lograrán un grado de intimidad tan profundo como lo sería encontrarse a un paisano en un país donde todos hablan una lengua que no comprendemos. Cuanto más distinto sea lo otro, más colorida será la paleta de emociones al sorprenderlo no tan distinto.

IX

“La gente se lamenta de las cosas malas que le pasa y que no merece pero raramente menciona las cosas buenas. Lo que ha hecho para merecerlas. Yo no recuerdo haber dado al Señor demasiados motivos para que me favoreciera. Pero lo hizo.”
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No es país para viejos, Cormac McCarthy

Somos lo que somos. Aquél que es lo que es, lo sabe. ¿Para qué servimos? Para lo que somos. Poseemos mucha menos mística de lo que creemos poseer. La palabra metafísica nos crea una ilusión acerca de nuestros alcances, a la vez que paradójicamente acorta la visión de nuestras posibilidades. No por la palabra en sí, sino por su desgaste. Aun así, si estamos predestinados o no, y si hemos de ser -como buenos jornaleros- compensados al final de nuestro día o no; es tan desesperanzador en cualquiera de sus posibles respuestas. La angustia que nos prevalece es esta eterna vacilación entre la predestinación y el abandono, y en mitad de ese movimiento pendular: nosotros.

VIII

El humo se cobija en el dolor de la noche. Me parece ver un desfile de bocas sin rostros. Cada una de estas bocas  se mueve contando historias. Pero yo no escucho estas historias, solamente observo cómo mueven los labios sin faz. Es mi culpa, no de ellos. Lo que dicen en verdad es interesante. Soy yo el aburrido. Soy yo quien se autocompadece en tiempos hermosos. La brisa sopla suave. Los días son cálidos. Todo vuelve a su cauce como los ríos lo hacen días después de haberse desbordado. La tranquilidad sabe a cansancio, y a mí la no-melancolía me trae un gusto a derrota. Este eterno lloriqueo por la nada y de la nada. Como un tango sin sentido, como mil soldados sin batallas. Los segundos que se suceden sin consternaciones. Demasiado tiempo conmigo mismo. Todo me sale bien y descubro que el héroe siempre es aburrido. En tiempos de paz añoro cualquier guerra.

VII

En la poesía nada es relativo, todo es absoluto.

Sentado sobre una roca, alguien mira desde el llano una mancha de polvo que corre a sus pies. Abajo, en la campiña, un otro muere de espanto ante la caterva que se dirige hacia él. Uno y otro son relativos entre sí aun cuando no se observen, pero la imagen es absoluta; más allá de los dos hombres y la caterva y el llano y la pradera y la roca y todas las cosas que no caben en una descripción austera. Más allá del lenguaje también hay poesía y es absoluta. Lo único relativo en la poesía son los poetas, quienes tratan de abrazar lo absoluto y terminan muertos de espanto cuando las palabras corren hacia ellos. El lector, en cambio, gusta sentarse en una piedra llano arriba; sabe que los gritos del poeta siempre serán dignos de atención y morbo, y si sabe observar bien, el lector sabrá compartir el dolor antes de que se reduzca solamente a fino polvo absoluto.

VI

“El hombre vive setenta años en esta tierra, dice el Libro. Puede desear un buen montón de cosas en ese tiempo y un montón de lo que pueda desear se le concederá si empieza lo bastante pronto. Yo he esperado demasiado tiempo para empezar”.
-El fuego y el hogar, William Faulkner

En la sucesión de las estaciones puedo reconocer la pereza de iniciar cualquier emprendimiento. No basta con comenzar las cosas sino con saber también cuándo darlas por terminadas. Lo contrario podría llamarse obsesión -por no terminar, por no haber aún comenzado-. Por otro lado, el carácter transitivo de las cosas naturales es imperfectible. Aún no termina el invierno cuando se siente el primer calor de la primavera. El hombre en cambio, tiende a la desarmonización de las cosas. No podemos aspirar al cambio sutil de nuestra vida porque ya nuestra vida está controlada por infinidad de cambios sutiles. En el orden de las cosas, cuándo comenzar debe estar precedido por un cuestionamiento más obvio: ¿comenzar qué? Así, lo difícil no es iniciar la construcción de la vida, sino determinar qué vida queremos construir.