Copenhague, discurso y violencia

“In a multicultural and digital world, contexts get lost when information travels and it’s very difficult to say anything that won’t be perceived as offensive to somebody either in your own society or in a far-away country. (…) Today a majority of the world opposes female circumcision, forced marriages, and ritual violence against women. Should we be unable to criticize cultures that still adhere to those practices because they are minorities? (…) The more diverse a society, the more diverse ways people will express themselves; that’s why a multicultural, multi-ethnic society, in order to remain an open society, needs more, not less, freedom of speech.”

-Flemming Ros, en entrevista para The New Yorker.

XIII

Hoy es una de esas ocasiones en las que mi trabajo duele tanto que decido pasar la tarde en este lugar. Como siempre, llego por la puerta trasera, camino por los pasillos e ingreso a la sala de partos. Y veo nacimientos, uno tras otro. Nacimientos y lo que ello implica. El rostro blando y humano de las madres cuando terminan su labor. Los ojos de los médicos asomándose por encima de los cubrebocas -no importa cuántas veces lo hayan presenciado, los médicos siempre se asombran al ver a un recién nacido a salvo-. Luego, lo primordial: el nacido. La parturienta casi siempre llorando de gozo, pidiendo dar una mirada y un abrazo a ese ser que llevó dentro por meses y que ya no es ni especulación ni miedo, sino certeza y vida. Después voy a la sala de incubadoras y miro esos pequeños camastros y a los niños todos juntos. Una vida nueva detrás de otra. Diminutos brazos moviéndose en esos cuerpos miniatura, preparándose para pequeños sueños. Suspiros y llanto. Una vida nueva tras otra. Así gasto mi tiempo libre, aun cuando no pertenezco a este lugar. Contemplar la aparición de la vida es mi forma de darle reposo al alma. De dignificar lo que hago y restar desasosiego a mi pálido ser. Hoy es una de esas ocasiones en las que mi trabajo duele tanto que decido pasar la tarde en este lugar. Sin tiempo ni lugar. Hoy día es más sencillo verlo, y no por eso más fácil de comprenderlo. Guardo en mi pecho el dolor del mundo, y en mi lengua todos los miedos. Hoy estoy lúcido y tengo ganas de decirlo. Quisiera dejarlo en papel y que un día tal vez alguien lo lea y haga con ello lo que quiera. Pido tan poco y tan poco especificado, y con todo, dudo que se cumpla. No sé si será así. Es entonces cuando decido venir a este sitio y mirar los partos para llenarme de contento al menos por un rato. Pero cuando me voy todo se vuelve evanescente y el dolor aflora de nuevo. Soy el cobrador que toca a tu puerta. Soy el burócrata primero. Soy la razón que hace finita tu existencia y que dignifica todo lo que haces. Mi trabajo no duele por burocrático, sino por doloroso. Así como lastima llevar malas nuevas, a mí me lastima ser la mala nueva. Soy el sonido de la ola que se repliega luego de haber tronado en la orilla. Soy el cobrador. La cara del ocaso. El olor a aceite en la frente de los ungidos.

 

XII

Recorridos imprecisos. El atardecer se dilata y la noche parece nunca llegar. Cada uno de los transeúntes es presa de su propia euforia. La única calma existente la tiene el cielo. Cada nube se transporta vaporosa por encima de los pedantes citadinos. Recorridos imprecisos. El atardecer se dilata y parece interminable. Le daremos la razón a quien camine, empuje, insulte y pida perdón. La rabia viviente de los que no viven. Recorridos imprecisos. El agua se evaporó en los mares y dejó de ser. Las nubes se formaron con aquello que ya no es. Imprecisas. Gente imprecisa.

XI

He tenido un sueño en el que me sentaba en el umbral de mi casa. Los nervios me hormigueaban los brazos y yo sudaba. En la calle no ocurría nada en absoluto. Los autos no transitaban. Los locales permanecían cerrados. Algún rostro que no alcancé a distinguir por completo se asomó por una ventana. Pero este rostro también era inmutable, como el ambiente que lo circundaba. Frente a mí, un camino de asfalto hervía y me invitaba a caminarlo. Caminé lo que pudo haber sido un sueño largo o la sucesión de muchos sueños cortos durante esa misma noche. Paisajes que mi memoria rescató de recuerdos y recortes de revistas. Algunos otros sitios que sólo habitan en sueños y no pueden ser nombrados. Siempre por el asfalto vaporoso bajo las suelas que me parecieron estar hechas de caucho. Hacia el final de la caminata distinguí una construcción blanca de fustes de madera. Había llegado de nuevo al umbral de mi casa. La calle era la misma. Todo seguía inmutable. El camino aún llamaba. Mi cuerpo seguía bañado en sudor. El rostro se había ido.

X

Todo lo bello, para que realmente lo sea, debe de ser impersonal. Una abstracción sin relación con sus pares. Todo lo que nos es cercano termina tarde o temprano pareciéndonos grotesco. No por la cercanía en sí sino por la exposición de nosotros mismos que nos impone al mostrársenos. La familiaridad en este sentido no es belleza sino vanidad. Solo en la distinción podemos ver las verdaderas cualidades estéticas. Cuando reconocemos aquello que es diferente se produce un extrañamiento de la cotidianidad, y sólo entonces los rasgos que son cercanos a nosotros lograrán un grado de intimidad tan profundo como lo sería encontrarse a un paisano en un país donde todos hablan una lengua que no comprendemos. Cuanto más distinto sea lo otro, más colorida será la paleta de emociones al sorprenderlo no tan distinto.